El periodismo, oficio ilegítimo (Roberto Aguilar, estadodepropaganda.com

La calidad de periodismo según Roberto Aguilar

La política del Estado correísta frente al periodismo y los medios de comunicación fue definida tempranamente por Fernando Alvarado como la política de la podadora. Según su visión, el periodismo es como un campo de hierba que crece incontroladamente y sin concierto, y el Estado es como el jardinero que poda a diario para mantener el terreno igualado y al ras. Se supone que el fin último de esta estrategia es mejorar el periodismo, pero a poco de cumplirse ocho años de su aplicación es difícil reconocer el menor indicio de que este objetivo se encuentre siquiera en proceso de cumplirse. El periodismo ecuatoriano no ha mejorado porque la política de la podadora implica un proceso de desprestigio y deslegitimación del oficio. Y no se puede mejorar un oficio a fuerza de declararlo ilegítimo.

Aquí el artículo completo.


La calidad de periodismo según Roberto Aguilar

El periodista Roberto Aguilar ha criticado la calidad de la prensa por culpa de la acción del Gobierno Nacional, quien emplea lo que él denomina la “política de la podadora”, una especie de homologación de la información a través de continuos ataques que buscan desprestigiar a la prensa privada.

Le molesta sobre todo lo que para él es una excesiva beligerancia, no solo del presidente Rafael Correa, sino también cualquier otro funcionario que ha solicitado a distintos medios de comunicación una respuesta oficial ante las críticas. Le molesta que el Gobierno no se mantenga callado, que responda y que rectifique la gran cantidad de tergiversaciones y malinterpretaciones que se dicen en los medios de comunicación privados.

El escenario se configura como una lucha sobre la veracidad de la información con la que los medios privados no han podido lidiar. No se puede negar ni olvidar que muchos medios han manipulado información con el claro objetivo de desprestigiar al Gobierno Nacional. En este sentido, toda respuesta es necesaria para aclarar los hechos noticiosos, a pesar de que el prestigio tan valorado por los periodistas en torno a su credibilidad se vea constantemente afectado.

“El Gobierno se cree dueño de la verdad”, dice Aguilar, sin percatarse que la prensa también forma parte de ese poder de la credibilidad que implica una supremacía política. De hecho, son los portavoces de la prensa privada quienes se nombran a sí mismos como dueños de la verdad, creen que son intocables, que nadie los puede cuestionar. Pero cuando el Gobierno aclara la información, desprestigiando a la prensa por su propia mediocridad, ahí sí se quejan y se victimizan, repitiendo la consigna de que “no hay libertad de expresión”.

En ese sentido, Aguilar afirma que no es necesario tener a un agente infiltrado en las salas editoriales de los medios de comunicación privados para predeterminar su agenda, ya que basta con los organismos reguladores de la comunicación, Supercom y Cordicom. Si nos ponemos más teóricos, hay que decir que la prensa privada tiene una terrible confusión sobre el concepto de censura. La censura se define como la prohibición implícita o explícita de publicar información impuesta por poderes políticos o económicos, pero la prensa cree en esta coyuntura que la censura es la respuesta del gobierno a todas sus falacias. Muchas veces, los medios han lanzado opiniones críticas en base a información falsa o malinterpretada. Y muchos de ellos nunca se han tomado la molestia de rectificar informaciones falsas por su propia voluntad.

Cada día tenemos que soportar información manipulada o descontextualizada con claros intereses políticos, para desinformar a la gente y vender más publicidad. Por eso cada sábado, el gobierno tiene que hacer las respectivas aclaraciones ante esa ola de falacias. El gobierno es el que impone la agenda de los medios desde hace siete años. Y la única respuesta de una prensa mediocre y aturdida es la crítica sin fundamentos y el insulto.

Una prensa imparcial y decente habría reconocido la gran cantidad de logros que ha alcanzado el gobierno, pero estos monopolios mediáticos, que no representan a nadie más que a sus propios intereses empresariales, nunca lo han hecho. Pero sobre todo son detestables por su hipocresía de decir que “no hay libertad de expresión”, y que tienen “miedo”.

Es esto lo que argumenta Aguilar en torno al deterioro de la calidad del periodismo. ¿La capacidad de manipular información o denigrar es considerada como calidad? Más bien, ahora la gente tiene un contrapeso informativo, porque a través de los medios de comunicación públicos, se ofrece justamente otras versiones más contextualizadas, para que de esta forma la ciudadanía se pueda informar adecuadamente. La prensa privada, que a pesar de constituir la gran mayoría de medios de comunicación en el país, ya ha perdido mucha credibilidad por sus frecuentes opiniones tergiversadas.

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